Una máquina para responder a las repercusiones de la lectura

Pablo Duarte, autor de Ilegible, comparte sus lecturas memorables y los libros que construyen su biblioteca personal.

27 mayo 2021

Pablo Duarte entrevista libros lectura Gris Tormenta


En esta serie de entrevistas alrededor de la lectura, Gris Tormenta desea mostrar a un lector obsesionado con un puñado de libros; una obsesión que invite a otro lector a asomarse a una mente, a una manera ajena de leer, y acercarse a esos títulos que quizá desconozca o no ha leído todavía. ¿Cómo y por qué se desarrollan sentimientos por un libro en particular? ¿Qué provocaciones podemos encontrar en la exposición de esas emociones? ¿Podemos llegar al otro a través de sus lecturas?


¿Cuáles han sido tus lecturas más memorables, los libros que relees o podrías releer?

Hay muchas que se me ocurren —tantas, que de pronto me parece que estoy devaluando la idea de memorabilidad—, pero quizá debo decir que Zama, de Antonio Di Benedetto, fue un gran golpazo memorable. Y es de esas que releo con mucho abandono. Otra lectura a la que vuelvo y que me gusta mucho es The White Album, de Didion. Y una más es el texto Not-Knowing, de Barthelme: me da esperanza ese ensayito. [Tengo muy presente la sensación de ridículo que sentiré en el futuro al releer estas respuestas. Más que arrepentimiento —y de algún modo querría inmunizarlas—, integrarles la disculpa. No se me ha ocurrido cómo, salvo por incorporar este corchete a manera de comentario eventual.]


¿Cómo sabes cuando estás frente a un texto inagotable, cómo se convierte en un clásico personal?

Qué pregunta tan difícil. Mis clásicos personales son un equipo de futbol de jugadores desiguales. Están los que le saben al juego, los que deslumbran, pero también están los que juegan como yo, esforzaditos, modestos, y ostentosos más por las carencias. Más allá del chistecito, creo que tiene que ver con algo en la forma, con un tono, una serie de ritmos. Pienso en los libros de siempre: Saer, Davis, Barthelme. Los temas dan lo mismo: hay varios libros de periodismo deportivo, por ejemplo, a los que vuelvo —las columnas de Hunter S. Thompson, o las crónicas de George Plimpton— porque tienen una cadencia, un pliegue extra en el lenguaje. Entre más intencionado el uso del lenguaje, mejor.


¿Cuál es el último que has descubierto?

Llego tarde a todo. Mi mesa de novedades comienza hace tres o cuatro años, supongo. Esta semana descubrí a Sara Gallardo, la autora argentina. Y hace un rato empecé a leer Dune, de Herbert, que resulta un descubrimiento bien gozoso.


¿Cómo es tu biblioteca, cómo está catalogada?

Digamos que hay tres libreros. Uno, el compartido con mi pareja, el de la casa, que está ordenado por colores, se ve increíble y es un desmadre hallar los libros. El otro librero, el que tengo al lado del escritorio, tiene un orden más contingente y volátil. Irreconocible como orden salvo para mí, y obedece a las aficiones temporales, a los libros que recién conseguí o a los que por algo recordé y quiero tener cerca. Ahí sí opera esta fetichización del objeto, como si acercar una pila de libros a ese librero, o sobre el escritorio, fuera ya una parte del proceso de lectura. Apilar un grupo específico de libros es un ejercicio de lectura. O eso me digo. Y el tercer «librero» es el de los libros electrónicos. Ese archivo es una selva, con más zonas inexploradas de las que me gustaría.


Un libro que te haya gustado mucho y muy pocos han leído.

Híjole, admiro mucho los hábitos de lectura ajenos. Tengo la sensación de que las personas lectoras tienen una biblioteca mucho más amplia y mucho mejor curada que la mía. No sé bien qué responder porque creo que todos han leído todo, y tanto mejor que yo. ¿Zettel, de Héctor Libertella? Yo lo he estado leyendo este compendio de frases, de apuntes y aforismos y me tiene maravillado, y supongo que no tiene tantos lectores. O por ejemplo los poemas de Philip Larkin: me da la impresión de que no son tan socorridos en estos tiempos. «The Mower» («La podadora») es desvastador. [Quizá toda esta vacilación tiene que ver con alguna noción de autoridad que me da pausa.]


Un libro raro de tu biblioteca que —sospechas— nadie más en la ciudad tiene.

Una de mis obsesiones personales tiene que ver con la ciencia y en particular con la manera en la que se hacía ciencia en el pasado. Tengo por ahí un compendio que se llama El droguista moderno, y es un empastado de esa revista que se publicaba al principio del siglo XX. [El fetichismo que tengo por los libros no llega al coleccionismo de libros raros; no me alcanzó ni el presupuesto ni la disposición de ánimo, creo. Pero sin duda sí le tengo un aprecio desmedido a los objetos.]


¿Cuál libro te ha hecho reír recientemente?

Muchos. En concreto, los libros de literatura infantil me gustan mucho y me hacen reír, aunque quizá no a carcajadas. Pero carcajada, así en pleno, me acuerdo por ejemplo de que hace poco volví a leer La conjura de los necios, y el principio (que es la mejor parte) me hizo reír en serio. También recién, el diario de rodaje de Fitzcarraldo que Herzog publicó como Conquista de lo inútil tiene momentos que dan risa. O La tentación del fracaso, el diario de Ribeyro. Pero soy muy bobo, casi cada libro me hace reír: los giros de frase, las erratas: me dan mucha risa. Soy muy simplón, pues. Entonces a cada rato le pongo un «ja, ja, ja» al margen. Como para que el libro sepa que entendí su chiste. Pero libros concretos, los de literatura infantil soy muy chistosos. [Otra vez con el animismo de los libros].

Algunos de los títulos de la Serie del Recienvenido —que Ricardo Piglia dirigió para el FCE

Algunos de los títulos de la Serie del Recienvenido —que Ricardo Piglia dirigió para el FCE


¿Cuáles libros has regalado o podrías regalar muchas veces? ¿Cuál es el mejor libro que te han regalado?

Durante mucho tiempo, El adversario, de Carrère, fue un libro que regalé bastante porque me parece que es inmune a las reticencias lectoras: es un libro que si le das tantita oportunidad —y por tantita oportunidad me refiero a cinco minutos de lectura concentrada—, te engancha y lo disfrutas. Otro es El año del pensamiento mágico, de Didion. Hay una mezcla potentísima de lucidez, inteligencia y generosidad: es casi un camino, una hoja de ruta para atemperar el corazón, para prepararlo para la pérdida. Y el mejor libro que me han regalado creo que fue justamente Zama. [Seda, de Baricco: también he regalado ese cursilibro.]


Tu editorial —o colección— favorita.

Obviamente Gris Tormenta. Pero si me obligan a no jugar para mi equipo, tendría que decir que después de conocer el tremendo esfuerzo, quebradero de cabeza, sacrificio y demás que implica en este país, y en el mundo, sostener un proyecto editorial, casi que ya por existir y mantenerse, me parecen admirables las editoriales. Fuera de esa leve demagogia, hay colecciones, como la Serie del Recienvenido que hizo Piglia para el FCE, o Animal de Reaktion Books, que admiro y me gustan mucho. Ambas son idiosincráticas, están contenidas —sabes qué cabe y qué no cabe, no se cuela nada— y ambas iluminan zonas muy distintas del universo con muchísima precisión, abren a nuevas y mayores lecturas. [De chico, quería tener todos los Sepan cuantos… de Porrúa. Vaya usted a saber por qué.]


Tu libro más caro.

Uy, no sé. Alguna novela gráfica que rompió el equilibrio del presupuesto mensual. O uno de Atalanta. [Aquí debería ir todo un alegato en favor del préstamo, de la necesidad de reactivar las bibliotecas como espacios vastos y dispersos por todas las ciudades; el préstamo y el intercambio.]


Un libro robado.

No por pruritos morales, sino por miedoso y mal prestidigitador, he robado pocos libros. En algunas ferias de libro, quizá, es posible que algunos libros extranjeros, de pasta negra y roja… Me acuerdo, tal vez, de uno sobre náufragos y viajes en barco… También los libros prestados que siguen en condición de prestados y no he regresado… Uno de Follet, uno de Saer, varios de literatura infantil… [Y aquí debería continuar el alegato que comenzó en la respuesta anterior, para girar hacia el tema de conceptos complicados, como la originalidad, y otros odiosos, como el patrullaje del copyright.]


Algo que no hayas leído todavía.

Muchísimo; tanto, que da pasmo y depresión. Saber todo lo que moriré sin leer es desesperante. Una desesperación nivel joven Werther. Porque leo muy lento, soy muy distraído y me gusta escribirle en los márgenes a los libros, cosa que vuelve más lento y distraído el proceso. Pero, por ejemplo, los que están en la pila de los que quiero leer ni bien tenga un rato son: 50 estados, de Zaidenwerg; Declaración de las canciones oscuras, de Fabre; y Gastronomía e imperio, de Rachel Laudan.


Algo que «tenía que gustarte» y no te gustó.

Uy, Thomas Mann, por ejemplo. Me dio una pereza inagotable. [Me gustaría presentarme como una persona más seria, pero mi banalidad es más imperativa.]


Algo que hayas aprendido de un libro recientemente.

Aprendí que una de las primeras apariciones documentadas de las barricadas la consignó en sus memorias de guerra un mercenario parisino del siglo XVI, y que las escribió mientras convalecía de unas heridas que le desfiguraron la cara a tal punto que la vergüenza lo hizo vivir usando una máscara de piel el resto de su vida. También que el nombre científico de los cuyos es Cavia porcellus. [Me fui por el lado de la trivia. Señal, una vez más, de mi falta de seriedad.]


¿Qué te ha dado la lectura o qué ha hecho posible?

Esta pregunta da para hacer una precoz autobiografía o un epitafio. Me ha dado muchas cosas y ha posibilitado tantas otras. De todas las posibles cosas, creo que puedo decir que me ha mostrado que el diálogo interno, esas voces con las que convivimos a diario, es susceptible de enriquecerse con voces ajenas, distantes. Me ha enseñado que el lenguaje es maleable, generoso, traicionero, inasible y siempre fascinante, que es geométrico en la cantidad de perspectivas y puntos de vista y miradas que permite tener de, sobre y por medio de él. [No hay manera de sentirse cómodo con esta respuesta. Y no es por perfidia o error en la pregunta, sino porque me ahogo en las posibilidades que no escribí. Pero de algún modo, esta respuesta querría tener una posibilidad de actualizarse, o de volverse aleatoria, y cada que se actualice el texto, la respuesta combine esas posibilidades. «Una máquina para responder a las repercusiones de la lectura» podría llamarse el prototipo.]



Pablo Duarte (Ciudad de México, 1980) es editor y escritor, autor de Ilegible. Ha colaborado con diversos proyectos editoriales impresos y digitales, programas radiofónicos, así como con artículos para medios culturales y literarios, entre ellos ​Hoja Santa​, ​Tierra Adentro​ y ​Letras Libres​.


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