El primer regreso a la Tierra

Yuri Gagarin, el primer hombre en viajar al espacio, pasó del pánico en su nave a la calma de una granja soviética: de la oscuridad del espacio a la familiaridad de la naturaleza. En este texto, María del Mar Gámiz recuerda quiénes fueron las primeras personas que lo recibieron al volver a nuestro planeta.

6 mayo 2020

Yuri Gagarin y Anna Tajtárova / Fotografía © Anatoli Pekarski


Según los relatos de los astronautas que regresan del espacio, sabemos que desde que entran nuevamente a la Tierra experimentan una serie de emociones que van desde la incandescente angustia de la caída acelerada hasta el éxtasis sensorial en el que se ven envueltos una vez que se quitan los cascos herméticos y se dejan invadir por los olores del lugar de aterrizaje. Gracias también a sus memorias, podemos hacernos una idea del dolor corporal que les representa el sometimiento a la gravedad después de haberse creído más alma que cuerpo en el espacio.

Sin embargo, del primer hombre que orbitó la Tierra durante 108 minutos el 12 de abril de 1961 solo nos queda especular lo que pasaba en su interior cuando aterrizó después de una peligrosa entrada a la Tierra, a más de cien kilómetros del lugar destinado para ello. Debido a este imprevisto, el protocolo que se tenía planeado para recibirlo tuvo que suspenderse por unas horas, en las que Yuri Gagarin logró quitarse el paracaídas y la escafandra. Había caído en un koljós, una granja colectiva en todo parecida a aquella en la que él creció. Hijo de padre carpintero y madre ordeñadora, Gagarin supo que quería dedicarse a volar cuando a los siete años vio por primera vez dos aviones militares sobrevolar su aldea en tiempos de la Gran Guerra Patria. Uno de ellos se desplomó y el otro descendió en ayuda. Los niños, curiosos, corrieron hasta el lugar en donde se encontraban esos aparatos cuyos nombres desconocían y quedaron deslumbrados con los pilotos. Ahora era él quien regresaba del cielo, y las personas que acudieron a su encuentro eran, como constató con profunda alegría, sus semejantes: temerosas, caminaban hacia él una señora y una niña. La mujer, Anna Akímovna Tajtárova, esposa de un guardabosque; la niña, Rita, su nieta de seis años. Más tarde escribirá Gagarin en Camino al Cosmos: «Estas fueron las personas que encontré en la Tierra después del vuelo: sencilla gente soviética, trabajadores de los campos koljosianos. Nos abrazamos y besamos como si fuéramos parientes». Y esa es la impresión más personal que queda de la experiencia de retorno del cosmonauta, pues la forma en la que después se narraron tanto su viaje espacial como su vida estuvo dictada por la vigilancia ideológica del Estado. ¿Cómo habrán sentido ese abrazo tanto Gagarin como la señora —el primer ser humano al que tocó Gagarin cuando regresó del espacio?

Pasadas las horas del desfase, la comitiva de recepción oficial llegó adonde se encontraban los koljosianos y Gagarin. Uno de los soldados rasos, Anatoli Borísovich Pekarski, llevaba consigo una cámara fotográfica Zenit, con la que capturó la sonrisa del viajero espacial junto con la peculiar y nunca después vista presencia de una campesina detrás de una persona recién llegada del espacio. Mucho tiempo después, en abril de 2012, Anatoli Pekarski, jurista y profesor universitario retirado, recordó en una entrevista que aquella mujer le había regalado a Gagarin un ramo de manzanilla recién cortada.

María del Mar Gámiz (Ciudad de México, 1988) es editora y traductora del ruso al español.

Anterior
Anterior

La plaga llega a Venecia

Siguiente
Siguiente

El corazón de una biblioteca