Pensar dentro de la caja
El siguiente texto, de Tomás Granados Salinas, fue leído en la presentación del libro ‘El destino de una caja’, de Víctor Malumián, una mirada personal sobre la distribución de los libros y la importancia de la colaboración entre colegas, en la FIL Guadalajara 2024.
11 marzo 2025
Lydia Bassis, Shorthand for Magical Thinking (detalle), 2021.
Bienvenidas y bienvenidos a la presentación del más esperado de los libros de autoayuda de la FIL 2024. Esperen uno minutos y sabrán por qué yo colocaría El destino de una caja, de Víctor Malumián, entre los volúmenes que ayudan a mejorar la vida personal del lector.
Empiezo con una hipótesis: hay dos grandes categorías para los buenos títulos de libros. Por un lado, están los que comprimen en unas cuantas palabras, de preferencia con un acomodo original y memorable, alguno de los elementos esenciales de la obra; ejemplos obvios son Cien años de soledad o Los demasiados libros. Por el otro están los que se entregan sin rubor a la ambigüedad, o sea que dicen algo vago y misterioso, y le exigen a la potencial lectora un esfuerzo de imaginación para responder a la pregunta que, de manera casi inconsciente, surge en su mente al ver la portada de ese volumen: «¿qué habrá querido decir el autor?» El libro de Víctor Malumián sobre el que vamos a conversar esta noche es, en apariencia, de los segundos, pero al llegar a la página final de este delgadísimo objeto (tiene escasas cien páginas) quedará claro que su título en realidad pertenece a los del primer tipo.
No hace falta detenerse en todo el poder evocativo de la palabra destino, pues encierra una gran cantidad de significados, que han dado pie lo mismo a parricidios e incestos involuntarios que a disertaciones sobre la inexistencia del libre albedrío. Caja es una palabra no menos polisémica que además, ensamblada con otras, ha producido expresiones de gran contundencia. Para no irnos demasiado lejos, o sea para quedarnos en el ámbito de «la distribución de los libros y la importancia de la colaboración entre colegas», según acota el subtítulo (o la bajada, como nombran los argentinos a esas frases explicativas con que los editores justificamos nuestras decisiones bautismales), resulta llamativo que esas cuatro letras estén presenten en varias de las actividades de la edición. Como testigo de la época de los tipos móviles, seguimos llamando «caja tipográfica» al rectángulo imaginario, dentro de cada página impresa, en el que deben acomodarse el texto y las figuras; más aún, todavía hoy los anacrónicos decimos «caracteres de caja alta o de caja baja», o con mayor simplicidad «altas y bajas», para referirnos a las mayúsculas y las minúsculas, en alusión a cómo se acomodaban las letras delante de quien iba agarrando, una a una, las piezas de plomo y antimonio. Buena parte de los que estamos en esta feria como expositores, queremos «hacer caja», es decir que suene la «caja registradora», y, sobre todo, que cada una de nuestras obras funcione como «caja de resonancia» de una forma de entender el mundo, sea desde la literatura o desde el pensamiento. Antes de que me echen de esta conversación con «cajas destempladas» o de que, como solía amenazar un ventrílocuo de mi infancia a su muñeco de trapo, alguien quiera meterme «en la caja» para que ya no diga tonterías, remato diciendo que en el mundo actual el teléfono celular le ha robado a la «caja idiota» su papel como principal enemigo de la lectura en la batalla por la atención del público.
Para muchos de los aquí presentes, no hace falta decir quién es Víctor Malumián, pero si, en un lugar plagado de celebridades como es la FIL, usáramos una especie de contador geiger de la fama, la medición que obtendríamos al acercarlo a este fornido y barbado argentino apenas se apartaría del cero. Por eso me tomaré el atrevimiento de hacer un breve retrato hablado, con el único propósito de usarlo como argumento de autoridad al momento de ponderar las afirmaciones que Víctor hace en el librito que nos reúne aquí. Tres rasgos bastan para describirlo como ser humano: es un dadivoso asador, un aficionado al boxeo como forma de unir el vigor de los músculos con la ligereza del bailarín, un padre que no teme la cursilería. No sé en qué medida su paso por la universidad, como estudiante de comunicación, influyó en su forma de ser, pero lo cierto es que las actividades que ha desarrollado en los últimos tres lustros lo han convertido en un actor singularísimo entre los editores independientes, esos que conformamos un universo paralelo al de los grandes sellos que dominan la actividad editorial. Haber creado en 2008, junto con Hernán López Winne, Ediciones Godot, gesto audaz y meritorio en sí mismo, es en alguna medida poca cosa en comparación con lo que hizo después. Desde hace no muchos meses los lectores mexicanos pueden acceder a una porción considerable del catálogo godotiano (no confundirlo con el de Libros de Godot, sello mexicano especializado en teatro), gracias a la cercanía que cultiva con el canal librero y con la prensa nacional. La aventura que el lector encontrará en El destino de una caja tiene un punto de quiebre en la epifanía que llevó a ese par de insensatos a crear su propia empresa de distribución, Carbono, con unas férreas convicciones sobre el modo de realizar la logística, producir y ofrecer información comercial confiable y útil, llevar a la práctica el mantra simplón de que todo editor debe hacer comunidad con los libreros, ser fieles a la proclama aquella de que small is beautiful (yo aún tengo encendida la veladora para que algún día Carbono acepte distribuir Grano de Sal en Argentina). Congruente con su vocación comunitaria, también fundó «en la república literaria de Saavedra», un barrio porteño, la librería de barrio Metonimia Libros —sin duda, la caja del título es un ejemplo perfecto de cómo funciona esa figura retórica, que permite sustituir una cosa por otra asociada a ella. Deslumbrante ha sido la evolución de la Feria de Editores, esa ocurrencia que arrancó en 2013 con unos 15 sellos participantes, que en escasas dos jornadas de medio tiempo prometían al público que detrás de cada mesa estaría no sólo un vendedor sino la persona que había apostado por los libros que allí estaban a la venta; la edición de este año tuvo más de 300 sellos a lo largo de maratonianas y gélidas sesiones de todo el día, durante cuatro días, con una voraz muchedumbre que no dejaba de fluir por los largos pasillos.
Pero Victor es más que un ejecutor. Quien lo haya escuchado explicar los porqués de la FED (o sea, por qué se realiza en esas fechas, por qué se limita el espacio de exhibición de cada sello, por qué es esencial que estén los editores, por qué no hay presentaciones de libros sino conferencias, por qué realizan un detallado estudio de público, por qué quiere que cada expositor cruce su propio Rubicón) estará de acuerdo conmigo si les digo que Malumián es un analista práctico, alguien que se toma el tiempo para hacer un diagnóstico o establecer un objetivo, para luego, mediante consultas con terceros —porque en un entorno de emisores de mensajes tiene la anómala cualidad de escuchar a los demás—, introspección productiva y rigor, actuar con plena conciencia. Esas características lo llevaron a escribir, todavía al alimón con Hernán, Independientes, ¿de qué? Hablan los editores de América Latina, un generoso ejercicio de toma de conciencia colectiva sobre retos, errores, oportunidades, mejores prácticas de cierto tipo de edición. En ese volumen, publicado en 2015 por el FCE, los autores ya sabían eso de la importancia de la colaboración entre colegas, pues entrevistaron a una veintena de editores de media docena de países para señalar dónde el hielo está más delgado cuando uno quiere lanzarse a cruzar la superficie helada de la edición liliputiense.
Desde entonces, Víctor se ha interesado por «el problema más importante del negocio editorial, y por ende del que hay que ocuparse con mayor atención[:] la distribución y la circulación de los libros, con todo lo que ello implica (control de stocks, remitos de consignaciones, devoluciones, reclamos de pagos, etcétera)». Cierro esta alusión a ese libro con un par de citas que, con justicia, pueden considerarse los antecedentes más remotos del ensayo que, con gran acierto, Gris Tormenta ha incluido en su colección Editor: «Una herramienta fundamental a la que debería tener acceso cualquier editorial que recurra a un distribuidor es la información, tanto del stock en librerías como de las ventas en cada una de ellas» y «Por más horas-hombre que pueda insumir, y aunque suponga un costo dentro de sus pequeñas estructuras, las editoriales independientes no deben perder de vista lo acuciante que es mantener una relación fluida, continua y amable con quienes deberían ser considerados sus socios más importantes: los libreros».
El volumen que hoy se presenta se abre con un ameno prólogo de la académica y editora chilena Andrea Palet, que establece un comprensible tono lacrimoso al describir la naturaleza de la distribución, por ejemplo al firmar que «cuando llegas [con una obra a la librería] puede que no haya nadie esperando», o que «Mover cosas es jodido. Por no hablar de cobrar» o que el brazo logístico «requiere fuerza mecánica, pero también cantidades ingentes de orden, aguante y estrategia», o que la edición puede ser «esa inconsciente forma de licuar tu patrimonio, tu felicidad, tu propósito de incidir en la sociedad».
Tomás Granados, Víctor Malumián y Mauricio Sánchez, editor de Gris Tormenta, durante la presentación del libro.
Por suerte, el abordaje de Víctor, si no festivo en todo momento, es mucho menos sombrío, con una acertada mezcla de anécdotas personales, autoescarnio, hipótesis, consejos y advertencias. Por ejemplo, afirma que, y yo suscribo plenamente esta afirmación, «publicamos para intervenir, en mayor o menor medida, [en] nuestro entorno. Hacemos libros, los cuidamos y los vendemos porque creemos […] que representan una posibilidad de modificar, aunque sea de manera mínima, el mundo». Su reflexión sobre la distribución es, por lo tanto, un corolario de este teorema, o sea que se deduce de forma lógica y afina su alcance. Por ello «distribuir no solo es, o no debería solo ser, mover libros»; más aún «desde la distribuidora [deseamos producir] cierta emoción en el librero al momento de abrir las cajas con nuestro envío de novedades» y por ello la distribuidora «se encamina hacia acciones de comunicación, de selección de sellos y hasta de construcción de un sentido de pertenencia».
Como anticipé, en el libro se cuenta cómo Hernan y Victor llegaron a la convicción de que debían «tomar control sobre la colocación de nuestro fondo editorial», pues «nadie debería estar más interesado que el editor en comprender por qué determinados títulos se venden más en determinadas librerías». Pero arrojarse a esa aventura, «más que emoción, nos dio mucho miedo. Más que esperanza, ansiedad. Creo que la pregunta más grande que nos atravesaba era si estábamos mordiendo más de lo que podíamos masticar»; pronto descubrirían que ese emprendimiento «demanda paciencia, exige frustración y algunas noches de insomnio», y que los colaboradores serían pieza clave del proyecto.
Su aspiración última era realizar «una distribución más atomizada y detallada», en franca oposición a la postura de muchos distribuidores tradicionales que no comparten datos precisos de colocación y venta de ejemplares. El comprensible apetito por la información certera se complementa con una postura éticamente agradecible, que por un lado descree del crecimiento como meta obligatoria («una distribuidora tiene que respirar a la velocidad que marcan sus editoriales») y por otro reconoce su naturaleza de mero eslabón entre editores y libreros; sin dedo flamígero, Víctor nos recuerda que «es fácil decir que las librerías son tus aliadas, pero es más complejo comportarse en consecuencia. Todas las acciones de la distribuidora apuntan a que la venta la haga la librería».
Aunque no aparecen todo el tiempo, la caja es la protagonista de este libro. «El cuerpo de la distribuidora es esa caja, como el cuerpo de las editoriales son los libros. Esa caja tiene que despertar interés, concentrar respeto y dar cuenta de una relación.» Pero los paralelepípedos de cartón no son sólo pesados contenedores de papel, sino que «esas cajas que nos observan nos ayudan a pensar». Quizá estemos atestiguando una transformación de la humilde caja de cartón, que pasaría de ser sólo la cápsula que contiene el ingrediente activo a ser el símbolo permanente de un modo de comercializar libros, despertando alguna pasión, invitando a cada editor a pensar dos y hasta tres veces en el tiraje, ratificando cada vez que su tapa se abre el compromiso que tácitamente hacemos todos los que participamos en este pequeño mundo de la edición.
Termino explicando por qué, como dije al comenzar, este libro es para mí, y de hecho también eso podría decirse de Independientes, ¿de qué?, uno de autoayuda. En 2016, mientras corregía el original del libro de Hernán y Víctor, por una alegre coincidencia me enfrenté a la gestación de Grano de Sal, la editorial que hoy ocupa todo mi tiempo. Sin las balizas que esa obra ponía delante de mí, la ruta por la que ha avanzado habría sido aún más catastrófica. Hoy, ante unas nuevas circunstancias, El destino de una caja me ha insuflado esperanzas respecto de nuestro nuevo distribuidor, el mismo que está logrando que el libro de Víctor Malumián encuentre a sus lectores aquí en México; sé que Nadie Distribuye comparte algunas de las admirables manías de Carbono, lo que quizá le permita a mi editorial mantenerse a flote. Este par de lecturas, al menos para el de la voz, han sido la ayuda perfecta en el momento indicado. Confirman en los hechos, y estoy seguro de que algo semejante ocurrirá con quien hurgue en el destino de esta cajita de monerías, la importancia de la colaboración entre colegas.
Tomás Granados es el editor de Grano de Sal y el autor de Sin justificar. Apuntes de un editor, publicado por Trama Editorial en su colección Tipos Móviles en 2019.
El destino de una caja, de Víctor Malumián, es parte de la colección Editor de Gris Tormenta, que cuenta las historias sobre el backstage y los oficios de la edición: lo que sucede antes de que un libro sea abierto por un lector.